


Tu marcha fue un cautiverio,
un laberinto de ausencias,
porque sin Ti no hay remedio
para aliviar mis dolencias.
Por fin podemos mirarte
Y rezarte mil plegarias,
Que sembrarán de rosales
El jardín de tus pestañas.
Hoy te veo como siempre,
Doncella, Señora y Madre.
¡
Qué bien le sienta a Remedios
la pasión de sus cofrades!
Por eso te escribo un beso
Y te beso una palabra
Con los labios del regreso
en el envés de mi estampa.
La Capilla no está sola,
María, ¡te doy las gracias!
porque al nombrarte, Remedios,
el amor vuelve a su casa.
Antonio Rodríguez Liaño


